LOS CUENTOS DEL ABUELO
El abuelo era genial, ¡era todo un tipazo!, nos complacía en todo y siempre reía divertido viéndonos jugar hasta cansarnos. Pero lo mejor y más emocionante eran... ¡sus cuentos!
Aún recuerdo cómo nos sentábamos junto a su gran sillón y escuchábamos atentos su ronca y dulce voz.
El mejor era el de la nubecita viajera... aquélla que visitaba tantos lugares llevada por el viento, ¿lo recuerdan?
Creo que puedo recordar cómo iniciaba y decía más o menos así...
Blanquita era una pequeña nube traviesa y juguetona que gustaba de ir de lado a lado haciendo nuevos amigos y conociendo el mundo. Y así conoció a su mejor amigo, el viento...y junto con él pasó muchas aventuras y recorrió hermosos lugares, pero más que todo se volvió muy, pero muy sabia... pero saben algo, Blanquita no siempre fue valiente y atrevida... antes, cuando recién se separó de su colonia de nubes, el Cúmulo Mayor, dejando a sus hermanos y amigos, tenía muchísimo miedo, sobre todo de andar sola viajando y buscando lugares para hacer su labor que consistía en brindar sombra y cobijo del sol a otros seres de la naturaleza. Era algo que le encantaba y sabía que debía desempeñarlo eficazmente para lograr convertirse en una nube mayor y poder bajar, en forma de lluvia, a nutrir a las flores y plantas del mundo, sin embargo para ella era muy difícil emprender el viaje, sola y sin saber a dónde dirigirse... ¡tenía tanto miedo!
Temblando y asustada se apartó poco a poco del Cúmulo Mayor y de pronto se encontró con que iba volando suavemente hacia un horizonte no muy lejano. Era un campo verde e inmenso, lleno de pequeñas flores de colores brillantes, pero lo más sorprendente era la facilidad con que se acercaba hacia él y entonces se preguntó cómo lo estaba logrando. No habló, sólo lo pensó y apenas terminó su idea, oyó una pequeña y suave voz, como un silbido, que le dijo:
-Puedes hacerlo porque yo te sostengo y te guío hacia ese lugar.
Sorprendida, Blanquita miró a todos lados sin ver a nadie.
La voz siguió:
-No dejaré que te caigas, ni que choques contra nada.
Blanquita volvió a mirar a todos lados y finalmente exclamó sorprendida:
-¿Quién eres?
-Soy el Viento- contestó la voz y, sabiendo lo que blanquita pensaba, continuó, -no puedes verme, nadie puede, pero gracias a mí pueden viajar las nubes, volar los pájaros, crecer las plantas y muchas otras cosas más...
-¡Había oído hablar de ti!- dijo Blanquita -pero dentro del cúmulo, con las otras nubes, no había sentido tu presencia, supongo que las nubes mayores que nos cubrían, sabían quien eres.
-!Claro!- dijo el viento -yo también las llevé sobre mí, pero a veces no creen que soy yo quien las guía y simplemente no hablan de mí.
-Y, ¿a mí también me llevarás a donde vaya?- preguntó Blanquita confusa.
-¡Por supuesto que sí!- exclamó el viento -sólo déjate llevar y verás qué fácil es, te vas a divertir...
Ya sintiendo cierta diversión, Blanquita preguntó:
-¿A dónde vamos ahora?
-Ah, ya verás...- y se detuvieron pacíficamente sobre un campo con pequeñas flores blancas que ondeaban suavemente como bailando con los juguetones viajeros.
-¡Hola!- susurró el viento -y las flores se detuvieron junto con ellos volteando tiernamente hacia donde hace unos minutos estaba el señor Sol.
-¡Hola!- contestaron las flores a coro -bienvenido de nuevo, pensamos que no te detendrías a saludarnos esta vez.
-Yo nunca les haría eso, aquí estoy como siempre y les traigo una amiguita, ella es Blanquita, una nube nueva que apenas inicia su viaje.
Todas las flores sonrieron y se alegraron de ver una cara nueva, algo regordeta y muy blanca, como su nombre, pero una de las florecitas más pequeñas brincaba y saltaba entre las demás, tratando de llegar a la superficie sin lograrlo, entonces recordó su linda voz y gritó con todas sus fuerzas asustando a todos y ensordeciendo a muchos:
-Nubecita, nubecita, quieeeeeero jugaaaaar, estoy aburrida y aquí nunca pasa nada nuevo... ¡tú eres nueva! ¿jugamos?, sí, sí.....
-¡Claro que sí!- dijo Blanquita ya bastante divertida -pero no sé cómo...
-Es fácil- dijo Kukka, la florecita -nosotras elegimos algún animal y tú tratas de pintarlo en el cielo, claro que será blanco como tú, pero no importa, será gracioso también.
-Ah, suena como un juego divertido, y a mí me gusta divertirme- dijo sonriendo -vamos, vamos, ¿qué animal quieren?
-Un elefante,- gritó una de las más viejas uniéndose a la diversión -¡haz un elefante!
Blanquita se acomodó y apretujó hasta que logró parecerse a un inmenso animal, con grandes orejas, trompa por delante y cola por detrás... y rió a carcajadas viendo su nueva apariencia; había creído que siempre sería redondita, rechoncha y con forma de algodón de azúcar.
Las flores rieron, saltaron y jugaron por un buen rato con Blanquita, hasta que el Viento despertó de su siesta y le recordó a la pequeña nubecita que era hora de irse tras el señor Sol y buscar otro lugar que cubrir con su sombra.
Blanquita se despidió y prometió volver pronto con Kukka y las demás flores, trayendo nuevas formas y animales para pintar en el cielo.
Juntos el Viento y Blanquita volaron tras el sol...
Mientras viajaban por el cielo, Blanquita quiso saber más de sus amigas las flores, así que preguntó al Viento, pues él parecía saberlo todo...
-Viento, ¿porqué las flores están pegadas al suelo?, no se pueden mover, no viajan como nosotros y viven siempre ahí, enterradas y aburridas.
-Ja, ja, ja...- rió el Viento -las flores son los seres más nobles de la naturaleza. Hacen un corto viaje antes de nacer, crecer y convertirse en como nosotros las conocemos. Kukka es una flor joven que hace poco tiempo decidió vivir en ese campo que visitamos, antes era una espora pequeñita que llevé sobre mí y deposité ahí, en su hogar; poco a poco creció y se convirtió en un pequeño tallo hasta llegar a ser como ahora, pequeña y bella como tú, suave como la piel de un bebé y con un hermoso aroma que refleja su belleza interior. La tierra, la lluvia, el sol y yo le ayudamos a ser así... si viajara ahora y se desprendiera de su hogar, pronto se marchitaría y moriría y toda su belleza desaparecería...
-Ah,- exclamó Blanquita -entonces se sacrifica para darnos su aroma y suavidad, ¡es por eso que no se mueve de donde está!
-Sí, así es- contestó el Viento -ella vive plantada en la tierra, sin poder moverse, aunque muchas veces los hombres las arrancan para embellecer algún jarrón y entonces la sacrifican a ella sin saber que hubiera sido más bella permaneciendo en la tierra, en su hogar.
Blanquita se puso triste y calló pensativa.
No mucho después llegaron a un pequeño páramo del bosque y se detuvieron de nuevo... ahora daban sombra a una gran roca en medio de aquel lugar.
Blanquita nunca pensó que una piedra pudiera hablar, así que se sorprendió mucho al escucharla decir:
-Vaya, pensé que nunca vendrían, ya tenía mucho tiempo esperándolos.
-Perdón,- contestó el viento -ya estamos aquí.
-¡Qué alivio!- exclamó la roca -hace tanto calor que se podría cocinar un banquete sobre mi espalda.
Entonces Blanquita comprendió porqué estaban allí... para refrescar un poco la vida de aquella gran piedra tapando un rato el brillo y calor del sol. Como siempre, con una sonrisa juguetona y sin tanto miedo como antes, Blanquita preguntó:
-¿Cuál es tu nombre?
-Los animales del bosque me llaman Kivi, la gran roca, ¿y tú, cómo te llamas?
-Yo soy Blanquita y hace muy poco que estoy de viaje, así que aún no entiendo muchas cosas por aquí.
-Ah, ya te acostumbrarás, una vez que te gusta y quieres aprender, es fácil.
Mientras el Viento que los había escuchado desde la primer pregunta de Blanquita, se puso a descansar confiado en que todo saldría bien, Kivi y Blanquita tendrían tiempo de conocerse y hacerse amigos...
Blanquita seguía curiosa preguntando de todo a Kivi, la Roca.
-¿Hace mucho que vives en este bosque?- quiso saber.
-!No!- contestó Kivi -he viajado durante siglos, dando vueltas aquí y allá, hace sólo unas décadas me establecí en este lindo bosque, simplemente dejé de rodar y ahora cuido a los animalitos e insectos que viven debajo y alrededor de mí enorme cuerpo.
-Cuidar, ¿cómo?
-Ah, es simple, ellos necesitan sombra, agua y protección. Mi gran peso permite que la tierra debajo de mí se mantenga húmeda y guarde el agua de las últimas lluvias, así los insectos pueden vivir en un lugar fresco y cómodo.
-Además- continuó Kivi- los animalitos se protegen con mi cuerpo para que la lluvia no se los lleve, ni el granizo los golpeé, y la nieve del invierno no les haga daño.
Blanquita escuchaba sorprendida.
-Soy tan fuerte- siguió la roca orgullosa -que nada me puede mover, así protejo a los seres pequeñitos e indefensos del bosque.
La nubecita no había pronunciado ni una sola palabra, ni siquiera un suspiro, estaba tan atenta a la historia de Kivi, que se mantuvo en completo silencio, asombrada por las hazañas de su nueva amiga, pero el frío de la noche la hizo volver en sí... se había hecho tardísimo, el sol se había ido y el viento seguía quieto, descansando y durmiendo mientras el tiempo pasó y pasó... Blanquita se apresuró a despedirse de Kivi y los animalitos del bosque y rápidamente llamó al Viento y lo apuró a seguir al sol, talvez pudieran alcanzarlo si corrían.
Así emprendieron de nuevo su viaje, pero Blanquita seguía pensando en Kivi y en su fortaleza, ahora sabía que las flores eran bondadosas y bellas y las rocas, aunque no muy hermosas, eran fuertes y protectoras. En silencio se quedó dormida mientras viajaban por el cielo nocturno, hasta que sintió el fresco rocío del amanecer y despertó abriendo sus ojos suavemente...
El sol había vuelto a iluminar el horizonte, ahora se encontraba en un hermoso jardín lleno de plantas y flores, pero lo más hermoso eran dos árboles que parecían cuidar la entrada al jardín. Uno era grande, fuerte y parecía algo cansado pues sus hojas y ramas se inclinaban hacia el suelo, como agotadas, era el más viejo de los dos; el otro, el más joven, era mucho más chico y delgado, como débil, y sus hojas parecían cantar de alegría y se elevaban al cielo, como queriendo volar.
Para Blanquita todo esto de viajar por el mundo y visitar a tantos diferentes amigos se hacía más confuso cada vez... pero sin darse cuenta se había olvidado de algo... de pronto escuchó al Viento platicando con los árboles y quiso acompañarlos también:
-¡Buenos días!,- dijo solemne al más viejo de los dos -mi nombre es Blanquita.
Los árboles voltearon hacia ella y dijeron muy suavemente:
-Lo sabemos, te vimos pasar cuando eras más pequeña con tu familia de nubes.
Blanquita no podía creer lo que oía, ¡cómo era posible que la conocieran si ella no los había visto, ni escuchado jamás!, se quedó inmóvil escuchando atenta a los árboles, eran de la familia Kerros y parecían hermanos, aunque sus historias eran diferentes.
El árbol Joven que era muy alegre y divertido, dijo:
-¡Es hora de alegrar el día! ¡ya vienen los pájaros con sus cantos!- y así fue, de pronto sus delgadas ramas se llenaron de pequeños pajaritos, cantando y revoloteando...
Mientras, el árbol Mayor estiraba sus hojas y ramas para recibir a sus visitantes, parecía alegre pero sereno y los pajaritos que llegaban a sus ramas buscaban entre las hojas la entrada a sus nidos,
-¡Qué bello!- exclamó la nubecita -¡viven sobre tu tronco y ramas!
-Así es, querida Blanquita- contestó el árbol Mayor -mis ramas son fuertes y pueden sostener sus nidos, pero mis hojas están cansadas y ya no cantan como antes, por eso salen en busca de comida para sus crías y cantan con mi hermano menor, luego vuelven a mi.
-Sí,- agregó el árbol Joven -conmigo cantan y se divierten pero no pueden construir sus nidos sobre mis ramas, pues aun soy débil y no puedo sostenerlos.
El Viento, que había observado a sus amigos platicar, comentó:
-Cada ser de la naturaleza tiene su lugar, su espacio y su función, cuando seas mayor tendrás fortaleza y podrás brindar seguridad a los animalitos que vivan en ti.
El árbol Joven sonrió y se sonrojó pues le agradaba saber que algún día podría tener amigos viviendo con él, como los pajaritos y ardillas que ahora vivían en su hermano el árbol Mayor.
Blanquita quiso seguir platicando más y más pero era hora de irse y seguir al señor Sol.
El Viento y ella se despidieron y volaron lejos de ahí, y mientras volaban siguieron platicando de sus nuevos amigos. Siempre era bueno tener al Viento como compañero de viaje, era reconfortante escuchar sus susurros y dejarte llevar por él. Blanquita aprendió mucho más de los árboles aquella mañana, como que sus raíces crecen tanto dentro de la tierra que no sólo le dan fuerza al árbol, sino que además fortalecen la tierra que los rodea permitiendo que el suelo sea mucho más firme y duro que en otros lugares.
Así Blanquita siguió viajando con su amigo el Viento mucho, mucho tiempo más y conoció muchos lugares y amigos. Aprendió muchas cosas de la naturaleza, pero lo que más le gustó fue darse cuenta que todos los seres vivos están conectados unos con otros... la flor no puede vivir sin agua, tierra y luz; la piedra permite que otros seres vivan de ella y guarda el frío y el calor para ellos; los árboles se nutren de la tierra y sirven de alimento y refugio a otros animalitos; y así siguió aprendiendo como estamos en equilibrio con la naturaleza y con todos los seres vivos. Pero Blanquita se había olvidado de algo, ¿no es cierto?
Sólo un poco antes de terminar su viaje y volverse lluvia, lo recordó:
-¡Ya no tengo miedo!- dijo asombrada -lo dejé de tener hace mucho y no me di cuenta, tenían razón, es fácil... sólo hay que dejarse llevar, ¿verdad amigo?
El Viento sonrió y guardó silencio...
Nosotros también, hasta que el Abuelo rió a carcajadas viendo nuestros rostros felices y adormecidos...
-¡Ah, el Abuelo, cómo lo recuerdo!, fue el hombre más sabio que conocí- dije finalmente y entonces callé...
-Abuelo, abuelo...- me gritaron todos a coro -¡comienza de nuevo! ¡no queremos que el cuento acabe, por favor!
Yo sólo reí...
FIN















Comments
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Quien no comprende una mirada tampoco lo hara con una larga explicacion........
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